
Que Aranofsky es uno de los creadores más interesantes de la actualidad no es ningún secreto. El director americano de sangre polaca intenta reinventarse en cada película e ir un poco más allá en su elaborada y extensa macro-tesis sobre su tema más recurrente: la locura ascendente como única posibilidad para lograr el éxito y la catarsis personal. Algo necesario, que tienes que desear por encima de familia, amigos, la propia existencia y, si, la felicidad. Ya en la inquietante Pí o The Wrestler (donde consigue que Rourke rompa la barrera de lo puramente humano para transformarse en un monstruo física y psicológicamente) incidía en el mismo asunto que nos muestra ahora en la brillante Black Swan. Almas perdidas que ya dieron lo mejor de si mismos (o no pueden dar más de sí) y deben sacar fuerzas de flaqueza para superar sus demonios internos tratando de ser útiles para la sociedad y, más interiormente, para encontrar el significado de su vida. Es esta, por tanto, una obra sobre el propio Aranofsky. Sobre sus dudas, sus miedos, sus excentricidades, sus tics, sus deseos, su anhelo de manifestar que la locura marca el devenir de su carrera. En resumen, que sin estar algo trastornado es imposible crear algo de calidad ya que, crear es imaginar y ese acto ya implica la salida (mental)del mundo real para peregrinar por otros derroteros fuera de nuestro alcance.






