Jueves, 31 Enero 2013
Escrito por Juanma de Miguel Écija
D  iez años han pasado desde la última  vez que vimos a Arnold Schwarzenegger en un papel protagonista. Su periplo político, que a buen seguro que no habría terminado ya, de poder haber aspirado a ocupar el sitio en la Casa Blanca, nos dejaron apenas un par de cameos en las entregas de Los Mercenarios. Pero ahora el austriaco ha vuelto al cine, de dónde nunca debió salir. Lo ha hecho fiel a su espíritu, con una alocada historia propia del cine de acción de los 80 con muchas reminiscencias del fantástico western de Howard Hawks, Río Bravo. Schwarzenegger vuelve más viejo, con un rostro en el que pese a las operaciones estéticas, podemos observar un demacrado que refleja a la perfección el paso del tiempo, al contrario de lo que podría pasar con otras estrellas de los ochenta como Stallone. Además la expresión de Schwarzenegger ha adquirido una huella similar a la que el paso del tiempo se dejó con Clint Eastwood, sumado al tono susurrante de ambos, hace que cada vez Arnie esté más cerca de ser la versión hormonada del director de Sin Perdón. Algo que también le ayuda a acercarse al perfil del sheriff que interpreta en El Último Desafío, y es que Schwarzenegger está ahora más cerca de ser ese hombre que ha tenido que soportar de manera infame el pase del tiempo que aquel cyborg del futuro que le proporciono el estatus de estrella.
En El Último Desafío, Schwarzenegger está demacrado por el paso del tiempo, un viejo policía de Los Angeles que una fatídica misión hizo ver como perdían la vida la mayoría de sus seres queridos, le hace irse a un pequeño pueblo de la frontera texana a ejercer cómo sheriff, un trabajo mucho más calmado del que ejercía en la gran ciudad y en la que tiene que lidiar con poco más que un par de borrachos. Las cosas se complicaran cuando de Las Vegas se escape un capo del cartel mexicano, en una increíble misión de rescate y ponga rumbo hacia México con una policía como rehén.
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Miércoles, 09 Enero 2013
Escrito por Juanma de Miguel Écija
M ichael Haneke siempre ha centrado su c arrera en marcar el lado más oscuro del ser humano, en mostrar toda la maldad en estado puro desde todos los puntos de vista. Quizá en ese sentido Amor, sea la película más distinta del realizador y también la más personal, no renunciando nunca a ese lado oscuro que siempre existe, buscando en el drama de la vejez, quizá algo que le preocupa a estas alturas de su vida. Amor se centra en la enfermedad que nos atrapa a todos, como un reflejo del director preocupado por el devenir, al igual que se podía considerar Más allá de la vida, como una película sobre cómo afrontar la muerte por parte de otro director como Eastwood ya entrado en la última fase de su vida. Y es de hecho, pese al drama, y la dureza con la que está mostrada, en la que Haneke no elimina ni suaviza nada y usa la cámara como un vil testigo del fin de la vida, es la película con un mensaje más optimista en la carrera del realizador. Porque el mensaje, al final, pese a todo el sufrimiento registrado por su cámara, es que ese Amor, presente en el título, es lo único que mantiene viva la vida después de la muerte.
Amor empieza con una entrada por parte de los bomberos a la casa de esos dos ancianos, el trágico final que va a acontecer, no es ningún secreto, y Haneke nos los muestra al principio, haciendo que la película sea toda como un gran flashback, no existen misterios, la muerte está ahí y no existe salida, y es algo que el realizador se empeña en enfatizar desde el comienzo. Tras esto, y salvo las primeras escenas de la película, el resto de la película se desarrolla dentro de esa casa, desde el primer ataque que le acontece a Anne, nunca vemos nada del exterior. Cine de cámara para representar esa prisión en la que los dos protagonistas son sumergidos, y que quizá Anne no puede abandonar, pero Georges, realmente también es incapaz de hacerlo. De ahí que en una secuencia onírica a mitad del film, le vemos salir del apartamento, no pasa del rellano, y ya ahí todo se ha destruido, unos pasos más y unos manos le agarran, no, él está retenido junto a su esposa. El amor vivido, el que un día quizá fue romance, pero del que ya sólo queda amor, le obliga a estar a su lado en los peores momentos.
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Viernes, 04 Enero 2013
Escrito por Juanma de Miguel Écija
La unión de Kathryn Bigelow con el guionista Mark Boal nos descubrió a una cineasta bastante distinta de la que conocíamos hasta el momento, como si alguien con mucho talento despertase por fin del letargo en el que se había sumergido durante toda su vida. No es que la Bigelow hubiera sido nunca una mala realizadora, se veían destellos en el fascinante manejo de la tensión que se comprobaba a pinceladas en películas como Le Llaman Bodhi, pero a su obra le faltaba una implicación en cuerpo y alma que no apareció hasta la realización de The Hurt Locker. Aquella fue una obra distinta a cualquier otra película bélica hasta el momento centrada en el conflicto de Irak, lejos de realizar una obra sobre la grandiosidad de América en el campo de batalla, retrataba a los soldados como humanos, no héroes, cuyas heroicidades aparecían por la obsesión del reto personal. No era coincidencia que aquella película abriese con una cita de la novela “La guerra es la fuerza que nos da sentido” de Chris Hedges, que decía: “El ímpetu de la batalla es una potente y muy a menudo letal adicción, porque la guerra es una droga”. Ya que esa afirmación era la que mejor definía a su personaje principal.
Lo cierto es que el protagonista de aquella el sargento Will James, brillantemente interpretado por Jeremey Renner, tiene mucho que ver con la Maya que protagoniza La Hora más Oscura. Will James era un completo drogadicto, necesitado de adrenalina continua, por mucho que eso pusiera en peligro a sus compañeros de batalla. No existía nada a lo que agarrarse, ni siquiera la perdida de ese chaval llamado Beckham le lleva a más allá que a la necesidad de buscar una continua tensión en cada una de sus acciones, a las que otros llaman heroicidades aunque no exista nada de ello. No sabemos lo que ha pasado en la vida de James para llegar hasta ese punto, le conocemos ya siendo un yonqui en el que la adicción cada vez va a más. En Maya, sin embargo, y sin necesidad de conocer nada de su vida personal, de su pasado, ni de lazos de unión, que no van más allá de amistades surgidas durante la guerra y arrancadas de cuajo.
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Miércoles, 02 Enero 2013
Escrito por Juanma de Miguel Écija
Siguiendo los pasos q ue tomó Alexandre Aja, Pascal Laugier, también inicia sus viajes hacia las Américas sin abandonar el género de terror. Su anterior película, Martyrs, quizá sea el mayor exponente de la ola de “brutal gore” francés que ha reinado en el cine de género galo durante la última década. Aquella, marcada por el impacto visual, totalmente morboso que tenían otras obras de esa misma oleada como Frontière(s) o À l'intérieur, no se quedaba simplemente ahí. Jugaba con un pensamiento perturbador, que trastornaba por completo al espectador por su desolador aspecto realista. Martyrs iba virando durante todo su metraje, cada pequeño giro era más espeluznante que el anterior, ¿hasta qué punto es capaz el ser humano de hacer sufrir a otro sólo por encontrar las respuestas a todo lo que busca? Pocas escenas finales, se quedan grabadas de una forma tan salvaje en la mente del espectador como la mirada perdida de esa joven mártir.
En su nueva película, Laugier vuelve a tirar de la herencia de Martyrs, son muchos los puntos que las unen, y los giros y virajes siguen una dirección bastante similar. El realizador sigue preocupado por el afán de occidente de hacer lo que sea a cualquier precio, lo maquilla con formas de organizaciones secretos, y les da unos tintes que recuerdan bastante al nazismo. El hombre es el verdadero monstruo al final de cada historia. El Hombre de las sombras, nos vuelve a acercar al mito del Boogeyman. En un pequeño pueblo estadounidense, los niños desaparecen continuamente. En medio una madre que perdió hace poco a su marido, y que cuida de su hijo de una manera bastante sobreprotectora.
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Lunes, 24 Diciembre 2012
Escrito por Juanma de Miguel Écija
 Si algún título ha despuntad  o con fuerza en la nueva ola de cine rumano fue sin duda 4 meses, 3 semanas y 2 días, la película con la que Christian Mungiu ganó en 2007 la palma de oro en el festival de Cannes. Aquel era un thriller aterrador ambientado en la dictadura de Ceaușescu, dónde dos jóvenes tenían que encontrar la manera para abortar clandestinamente. La polémica se cebó con ella con la provocadora imagen de un feto muerto, pero realmente la trascendencia del film de Mungiu iba mucho más allá. 4 meses, 3 semanas y 2 días era todo un alegato por la libertad, una crítica a la política dictatorial en la que se vio sumergida Rumania y de la que aún hoy quedan ecos en su sociedad. Ecos que son los que llegan a su nueva película, por qué aunque Más allá de las Colinas es una película muy distinta, lo que Mungiu expone no es tan lejano de aquello, la política aquí convertida en una creencia religiosa casi sectaria, la intolerancia hacia el distinto pensamiento. Pero aquí no hay juicios, ni aunque la crítica sea bastante obvia, todo queda en manos de un espectador que siempre observa los comportamientos de esos personajes que de una forma u otra nunca dejan de ser actos bienintencionados.
Alina y Voichita se criaron juntas en un orfanato. Ahora Alina ha vuelto de Alemania, pero su amiga ya es muy distinta a la que había dejado atrás, Voichita, sola en el mundo tras la desaparición de su compañera encontró refugio en un monasterio ortodoxo en las colinas. Alina la acompañará allí mientras trata de convencerla de que vaya a Alemania con ella. Su incapacidad para convencerla de que vuelva con ella, sumado al estupor del resto de las monjas y el rechazo del autoritario padre del monasterio, completamente intolerante contra aquellas personas que no comparten sus creencias, sumirán a Alina en un estado depresivo y trastornado. Algo que se llevará hasta el extremo cuando ante la incomprensión por parte de las hermanas y el padre de que alguien sencillamente puede ser distinto, lleven a asociar su comportamiento compulsivo con una posesión demoniaca.
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Lunes, 24 Diciembre 2012
Escrito por Juanma de Miguel Écija
 Hay películas que parecen diseñadas para  pasar por el gran escaparate de los Oscar. Es curioso que se siga intentando esto, grandes producciones hechas para ser premiadas, cuando se ha visto que las últimas que han seguido este modelo han fallado, y desde la última entrega de El Señor de los Anillos, ninguna película de las que podríamos llamar grandes ha ganado. El modelo ha cambiado, cobra más importancia la campaña de marketing que hay por detrás una vez estrenada la película que meses de promoción de “película de Oscar”. Los Miserables parece llorar y suplicar que quiere ganar un Oscar, que quiere ser una gran triunfadora, pasar a la historia rodeada de estatuillas doradas, el problema es que estos son los únicos llantos que se escuchan durante la película, algo imperdonable si tenemos en cuenta que el material con el que trabaja Hooper es de una alta capacidad emocional. Y es que esta épica ópera (aunque la disfracen de musical, el alma de Los Miserables es el de una ópera dónde los diálogos son cantados, y no existen números musicales per se en dónde los personajes se pongan a bailar) que lleva más de 30 años triunfando en los teatros de Londres y otros tanto en Broadway, requería de un traslado a la pantalla mucho más espectacular y emocional, dándole el sentido a la adaptación y buscando la espectacularidad que las tablas no pueden dar, pero respetando por completo el alma de la obra, algo en lo que sin duda fracasa.
El texto de Victor Hugo es de sobra conocido por todos, y en su formato tradicional, antes de que Claude-Michel Schönberg escribiera la partitura que acompaña a esta adaptación, fue adaptado en múltiples ocasiones, la última por Billie August con Liam Neeson en el papel de Jean Valjean. Una bella historia sobre un hombre martirizado y torturado durante diecinueve años después de robar una simple barra de pan. Que tras salir de la cárcel, y con la amenaza de tener que ser un paria toda su vida, condenado a una libertad vigilada, consigue, a través de un acto de buena fe encontrar que aún queda algo humano en él. A partir de ese momento Jean Valjean tratará de cambiar su vida, acogiendo también en sus brazos la vida de una joven, mientras que trata de huir jugando al gato y al ratón con su captor Javert. Como trasfondo, la lucha política, la revolución francesa que salpicó a la Francia del siglo XIX, un tema que no podía sentirse más actual. Amor, odios, guerra, venganza… Los Miserables es una obra magnífica, que en su primer salto al cine con la épica belleza de su musical tenía todos los ingredientes para ser la maravillosa película que no es.
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Viernes, 21 Diciembre 2012
Escrito por Sergi Rodriguez
 No es que Susanne Bier no hubie  ra hecho nunca comedia, pero trece años han pasado desde que realizará El amor de mi vida, y durante este transcurso, la intensidad de sus dramas habían sido su principal sello de referencia. Realmente por encima de esa capa de dulce comedia que tiene Amor es todo lo que necesitas, que en su título indica muy bien cuál es el único requerimiento para realizar una comedia de este tipo, Bier no se olvida del cine que está más acostumbrada a hacer. Es por ello que desde los intensos dramas de sus personajes nace un romance mágico, trasladada a la costa mediterránea de Sorrento en Italia, lo que le da un toque especial. Con la presencia de este paisaje, y también la de un Pierce Brosnan interpretando a un personaje casi antagónico al que tenía en Mamma Mía, en algún momento esta bella historia nos puede traer a la mente el musical, pero por suerte aquí no tenemos canciones de Abba, si no un constante That’s Amore de Dean Martin, sonando durante toda la película con una enorme sabiduría. Ni por supuesto el (inexistente) talento de Phyllida Lloyd se puede comparar a la gracia y elegancia que Susanne Bier imprime a su cine.
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Jueves, 20 Diciembre 2012
Escrito por Juanma de Miguel Écija
Hemos visto la dictadura militar de l os años setenta en Argentina retratada muchas veces en el cine, la hemos visto desde el retorno a los fantasmas de ese pasado en La Historia Oficial (de un Luis Puenzo aquí ejerciendo como productor), la huída retratada en Kamchatka (que aquí también hace acto de presencia) o la tortura de Garage Olimpo. Pero lo que ofrece Infancia Clandestina es una visión bastante distinta y totalmente subjetiva, visto el conflicto a los ojos de un niño. Obligado a vivir en esa clandestinidad a la que hace referencia su protagonista, él, al contrario de lo que ocurría con el protagonista de La Vida es Bella, cinta con la que puede guardar alguna similitud, es suficientemente maduro para saber qué es lo que está ocurriendo, y tampoco sus padres tratan de ocultárselo. Pero en el fondo el protagonista no es más que un niño, y no puede evitar ver todo aquello que le rodea como un pequeño juego, mientras que como cualquier niño de su edad tiene la necesidad de descubrir el mundo que le rodea, como un niño más, aunque tenga que vivir una vida de mentira con nombres y cumpleaños falsos.
La película nos sitúa en el año 1979. Tras un tiroteo los padres de Juan decidieron escapar de Argentina, varios años después, y habiendo recorrido toda Sudamérica, deciden volver a Argentina a continuar con la lucha. Juan ya no es el niño que miraba con miedo a sus padres tendidos en suelo sangrando, ahora tiene doce años. A su vuelta a la Argentina, adquirirá otra identidad y se irá a vivir junto a sus padres y su tío Beto. Mientras que ellos preparan su golpe contra el estado militar, Juan, ahora llamado Ernesto, emprenderá su propia aventura en el colegio. Intentando compaginar esas dos facetas, la vida de Juan se convierte en un pequeño caos -enorme el momento del incidente de la bandera en el colegio, dónde demuestra como la ideología para un niño se escapa de toda compresión y se debe simplemente a los comentarios escuchados. Pero también, a sus doce años tendrá sus primeras fiestas, aunque sea por su falso cumpleaños,
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Martes, 18 Diciembre 2012
Escrito por Juanma de Miguel Écija
La historia de El Alucinante mundo de Norman, bien podría formar parte de una película de terror adulta. Hace trescientos años, en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra quemaron a una bruja, ahora ella ha vuelto para buscar venganza, y no será la única, también los hombres que la llevaron a la muerte volverán en forma de zombis. Y el que se deberá encargar de resolver este entuerto es un pequeño chaval con una cualidad especial, ve a los muertos, una aventura para la que le acompañaran una pequeña tropa de idiotas incapaz de comprender a Norman.
Porque Norman es un chaval especial, se siente solo, incomprendido, en el (fabuloso) arranque de la película vemos a Norman charlar con su abuela en el salón, quizá es ella la única que logra entenderle. El problema es que su abuela está muerta, y ni sus padres son capaces de comprenderle. Sí, es cierto que la habilidad de Norman le supone un problema a la hora de afrontar las pérdidas, no es algo fácil para ningún chaval de su edad, pero menos aún cuando estos, no sólo siguen presentes, si no que se convierten en su única compañía. Así el viaje de Norman a la escuela es un momento grato, parándose a saludar a todos los fantasmas que le hablan con agrado y le tratan como a uno más ante el estupor de sus vecinos. Pero al llegar a la escuela todo esto cambia radicalmente, Norman tiene que soportar las vejaciones y las humillaciones a las que le someten sus compañeros. Ser diferente realmente no es una problema para él, es feliz con su condición, e incluso muestra algún pequeño síntoma algo autista, la única compañía de la que necesita son esos fantasmas que son los únicos que parecen entenderle, y hasta la presencia de un compañero de colegio, también inadaptado, se le vuelve una carga tediosa.
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Martes, 11 Diciembre 2012
Escrito por Juanma de Miguel Écija
El bu  eno de Peter Jackson, q  ue desde que acabó de rodar la trilogía de El Señor de Los Anillos, perdió completamente el rumbo, realizando una pobre versión de King Kong, y una cinta pequeña (pero con un ilógico presupuesto de superproducción) como Desde mi Cielo, que se quedó lejos de ser la cinta academicista que pretendía. Tas esto vio como poco a poco iba quedándose sin nombre en la industria. Encumbrado por la adaptación de El Señor de los Anillos, lo cierto es que Jackson nunca ha sido un extraordinario realizador, sus primeros trabajos se identificaban más por su ingenio y mala leche, filmando así obras a día de hoy tan emblemáticas como Braindead. Cuando se puso al cargo de El Señor de los Anillos sorprendió a todos demostrando que era capaz de manejar un gran presupuesto, su poder de inventiva se había ido al traste, quizá a riesgo de no acabar satanizado por los fans, su adaptación, tremendamente fiel, debía todo el éxito a las palabras de Tolkien. Pero Jackson nunca fue un realizador talentoso, en el no había un ápice de los que maestros de las grandes producciones como Spielberg o Cameron no pueden dejar. Esto no era problema, porque no sólo se supo escudar detrás de un guión, que pese a la torpeza de sus conversaciones, empeñadas en sonar trascendentales en cada de sus líneas, pero que sabía llegar a una emoción, que se imprimía también gracias a la poderosa banda sonora de Howard Shore y a los logrados efectos digitales. Definitivamente Jackson no era un tipo talentoso, algo que se apreciaba sobre todo en las escenas más multitudinarias, las cuales manejaba bastante mal, pero si era lo suficientemente inteligente para saber aprovechar todo lo que tenía a su alrededor y camuflar sus defectos en pos de la obra.
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