Sin duda el primer reclamo lo encontramos en su director, un californiano canoso llamado Clint Eastwood que con méritos propios se ha erigido como un mito viviente. La fama la consiguió por su faceta como actor, sobre todo después de protagonizar la llamada Trilogía del dolar bajo la magistral dirección de Sergio Leone. Pero no fue hasta que se puso detrás de la cámara hasta que consiguió el reconocimiento y la admiración por todo el gremio.

No podríamos olvidarnos de su ambientación. El intercambio (que no olvidemos, esta basada en hechos reales) transcurre en los años 20 en la ciudad de Los Ángeles. Para ello cada detalle esta cuidadosamente estudiado y planificado para que el público se sumerja en el argumento: vemos fielmente reflejado el vestuario y la moda de la época, la irrupción de la mujer en el plano laboral, los problemas de comunicación derivados por la por aquel entonces adolescente telefonía ya que la prensa escrita era casi el único medio de información.
Sería injusto dejar a un lado los homenajes. Uno es lo que ve, lo que lee y escucha. Eastwood nos enseñó que el género por excelencia del cine, el western, no conocía fecha de caducidad gracias a Sin perdón. En esta otra película hace un guiño a ese género que tanto le ha aportado y he de reconocer que lo hace de forma magistral. Con una escena de apenas un par de minutos es capaz de dar un giro a la historia, a la ambientación y trasladar al espectador a otro tiempo, a otro lugar. Un rancho alejado de la civilización, el solitario protagonista de esa escena como mera marioneta ante el peligro observado por la impasible mirada de una explanada de arena y tierra. Una hacha clavada en un tronco a las puertas de la entrada a la solitaria casa. Otra hacha un poco más allá. Música que desprende intriga y nerviosismo incrementando el ritmo de los acordes en cada fotograma... Una delicia visual.

Clint Eastwood es una persona comprometida con sus ideas, crítico con el pasado, presente y futuro del páis que le vió nacer. En esta ocasión escarba en la corrupción existente en la época en la que creció, donde el estado de California era fiel reflejo de la violencia que brotaba en los Estados Unidos de América. Vestido de Harry el sucio, apunta el revólver al poder establecido en la década de los años 20 y 30 en la que policía y Estado eran uno sólo, impregnando de corrupción las calles dejando un paisaje desolador. Valiéndose de dicha premisa tiñe El intercambio con pinceladas oscuras como ya hizo en Mystic River dando cobijo a macabras coincidencias en este drama negro; puro cine clásico.
Hay momentos que incluso para una señora es la única manera de expresarse. ¡Que se jodan!
Ese mismo puede ser el pensamiento de un cineasta que ve cómo quien esta dentro de la diana donde apunta queda al descubierto. ¡Que se jodan!

Asimismo, un plano de apenas unos segundos basta para recordarnos que una nerviosa soga tirada en el suelo espera impacientemente a su dueño. Fría, expectante, conocedora que tiene que brindarle el más fuerte de los abrazos. Como una madre a su hijo. Como la madre que espera volver a dar ese abrazo a su hijo perdido. Si en Million Dolar Baby hablaba sobre la muerte a través de la eutanasia, en El intercambio no quería pasar por alto la pena de muerte. Un sistema judicial vigente en esos años y que aún hoy sigue a la orden del día.
Esta película no aporta nada nuevo pero se nutre de unas herramientas ordenadas y clasificadas con exquisitez.
Hasta la próxima Clint. Hasta Gran Torino.
El intercambio se encuentra dentro de Las 10 mejores películas de 2008 según Xabier Villanueva.