Aún no hemos terminado de encontrar respuesta a estas preguntas cuando, irremediablemente, aparece la necesidad de sumar otra interrogación, acaso más enigmática que las anteriores e igualmente difícil de abarcar. No podemos imaginar el gozo que experimentó el Hombre cuando encontró el lenguaje y pudo multiplicar así sus posibilidades de comunicarse, ni el extrañamiento cuando, examinando las posibilidades de éste, se dio cuenta de que aquello que servía para mostrar podía servir también para ocultar, como si la verdad y la mentira fuesen a veces hijas de una misma madre, y que de hecho es habitual e insalvable que al tiempo que se muestre… se oculte. Y es precisamente sobre esta cuestión sobre la que debemos dar luz en lo que al ámbito de las imágenes se refiere.
La siguiente interrogación sería pues: ¿qué oculta una imagen?, o también: ¿qué no puede mostrar?. Lo primero que debería hacer el espectador maduro para evitar ese tipo de optimismo del que hablábamos –que, paradójicamente, convierte al que mira en ciego- es eliminar de una vez por todas su inquebrantable fe en las imágenes. Debemos dejar de creer. Este ateísmo cinematográfico es condición indispensable para poder partir, al estilo cartesiano, puramente de la duda, y así… acaso ver más, o por lo menos mejor.
Estas cuestiones sobre lo que las imágenes revelan o esconden, o sobre lo que son capaces de revelar o esconder, nos remiten en última instancia a los límites de las propias imágenes, a sus capacidades; qué puede una imagen. Y quizá, un poco más allá, a cuestionarnos cuál es la naturaleza de ‘lo irrepresentable’. Es precisamente aquí donde conviene detenernos y conectar por fin el discurso con “Noche y niebla”, porque no somos –no hay duda- los primeros que nos hacemos estas preguntas.
En 1911 el artista francés Marcel Duchamp pintaba “Desnudo bajando una escalera”. La obra representa el esfuerzo del pintor por plasmar en un lienzo la idea movimiento. Haciéndolo, Duchamp se cuestionaba los límites mismos de la pintura, las fronteras de la creación/representación pictórica. Las cuestiones que se plantea Alain Renais en “Noche y niebla” escenifican la misma lucha.
«Ninguna descripción ni imagen puede revelar su verdadera dimensión: sólo un terror interrumpido». Este extracto del film –texto redactado y locutado por el poeta Jean Cayrol, superviviente de Mauthausen- revela primero, en contra de lo que pueda parecer, una victoria: la de un cineasta inteligente y dotado capaz de reflexionar sobre su propio medio y de ahondar en el conocimiento de las imágenes. En segundo lugar es, obviamente, la historia de una derrota –al menos en opinión de ese mismo director-, como si por mucho que ordene, estire, retuerza o amontone las imágenes… simplemente no fuese suficiente. Quizá sea ésta la naturaleza de lo irrepresentable para Resnais. En este sentido ya el mismo Jean Cayrol hablaba en sus “Poemas de la noche y la niebla” de ‘lo indecible’ a propósito de la incapacidad para extraer a la superficie la verdadera naturaleza de ciertas experiencias. Este punto de vista explicaría la ausencia de entrevistas, por otra parte tan comunes en este tipo de documentales (dejamos pendiente para otro espacio una reflexión necesaria a propósito de la imprescindible “Shoah”, de Claude Lanzmann, con la que se podría establecer interesantes comparaciones).
No deja de ser singular que contrariamente al sentir de Resnais, el film supusiera para muchos una revelación –la de los hechos mismos que el director declaraba imposible de registrar-. Nos encontramos a mediados de los años 50, y los documentos gráficos sobre el Holocausto son escasísimos. Tanto es así que muchos dudaban entonces de que se hubiese producido –todavía hoy no son pocos los que se acogen a cierta teoría ‘negacionista’-. Volvemos nuevamente a las cuestiones sobre el poder de la imagen y su contradictoria habilidad para hacer visible.
[1] Wikipedia, la enciclopedia libre: www.wikipedia.com
Comentarios
Lo dicho , un placer y un honor tenerte entre nosotros Soraya.
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