Crítica. El Hombre Lobo (The Wolf Man), de Joe Johnston. Aullidos de Terror

Era inevitable. Toda la mítica parada de monstruos de la Universal de los años 1930 a 1940 ha sido objeto de “revival”, fueran remakes, revisiones del mito u homenajes, realizados con mayor o menor fortuna: El estupendo y revisado clásico literario Drácula de Bram Stoker (Francis Ford Coppola, 1992), el menos redondo Frankenstein de Mary Shelley (Kenneth Branagh, 1994), la aventurera versión de la Momia (Stephen Sommers, 1999) y El Hombre Lobo.
Con los años, ha habido numerosos encuentros de cine con la “licantropía”, como las ya clásicas referencias de John Landis (Un Hombre Lobo Americano en Londres, 1981) o la propuesta ochentera que nos trajera Joe Dante (Aullidos, 1980), alimentada a posteriori con toda una larga e irregular saga pulp que repetía el esquema. En Compañía de Lobos (Neil Jordan, 1984), en cambio, articularía el mito en base a una curiosa relectura, algo intrincada, del cuento de Caperucita. Más recientemente, el Lobo de Jack Nicholson (Mike Nichols, 1994) revitaliza el mito con unos interesantes matices, y logradas analogías, del hombre moderno inmerso en una sociedad competitiva. Pero el hombre lobo cinematográfico por excelencia, tal y como lo conocemos, debe tanto a la cinta The Wolf Man (George Waggner, 1941) como los vampiros a su padre literario: el Drácula clásico. Él es único. Desde la saga filmográfica de los años 40 interpretada bajo el abrigo de Lon Chaney Jr., en el papel de Lawrence Talbot, nadie había recogido el guante...hasta ahora. Al aceptar el papel, Benicio Del Toro –también productor del filme- no está interpretando a un hombre lobo más, que está sufriendo la maldición de serlo. Para la mayoría de los fanáticos del cine de horror, durante mucho tiempo, el retrato de Lon Chaney, del Talbot torturado y su salvaje alter-ego, es un referente obligado difícilmente obviable como imagen de la maldición del “monstruo”. El fracaso de Benicio Del Toro en su intento de hacer suyo el icono, por lo tanto, podría ser desagradable, pero no completamente inesperado. Es difícil trabajar a la sombra de las iconografías creadas por Karloff, Bela Lugosi, o Chaney, pero inevitable cuando se vuelve a hacer una de sus películas.
Desde el punto de vista técnico, incluso artístico, todos los elementos visuales de esta revisión del clásico de 1941, para ambientar la leyenda del hombre lobo, se han cuidado con esmero. Especial mención requiere el diseño de producción de Rick Heinrichs y la pulcra dirección de arte de John Dexter y Phil Harvey, donde brilla la participación de dos profesionales como la copa de un pino, que son todo un referente en sí mismas: Milena Canonero, a las riendas del diseño de vestuario (ganadora de 3 Oscar en este apartado, por filmes como ‘Barry Lyndon’ y ‘Maria Antonieta’) y los efectos de maquillaje del legendario Rick Baker, ganador de 6 Oscar en esta labor, el primero de ellos conseguido hace ya 29 años por su trabajo, precisamente, de ‘Un hombre lobo americano en Londres’.

La recreación de la atmósfera de finales de siglo XIX, con su campiña inglesa, el villorrio rural de Blackmoor e, incluso, el escenario urbano del Londres victoriano, sin ser excepcionales, otorgan al filme un marco adecuado y prometedor a la cinta.
El problema de fondo con esta versión del clásico hombre lobo es que es un filme “mestizo”. Se trata de fundir la narración del sabor gótico del original con la violencia, la sangre y la casquería asociados al horror moderno. El matrimonio de maquillaje tradicional con CGI es incómodo y sabe a artificial.
El director Joe Johnston quiere que esta película sea el puente entre la moderada atmósfera de terror de la Universal, empapada del clasicismo al servicio de una época, y de los gustos más efectistas de ‘Un hombre lobo americano en Londres’ y ‘Aullidos’. No funciona. Algunas partes de El Hombre Lobo -incluso aquellas que fueron eficaces en el original- se han recreado de una manera que parece más propia de una parodia de Monty Python, “cartón piedra” incluído. Más decepcionante es el resultado que se consigue con el trabajo de maquillaje del veterano Rick Baker (el más idóneo para este tipo de trabajo), inexcusablemente vulgar: Una recreación inexpresiva y acartonada del “monstruo” que parece rescatada directamente de una tienda de disfraces. Uno se pregunta si la decisión de Baker para permanecer fiel a la apariencia general del Hombre Lobo original es la correcta. La nostalgia no es siempre el mejor barómetro para tomar decisiones creativas.

La acción, que opta por mantener el tono de una película de época más que a cambiar la historia en sí misma, tiene lugar en la década de 1890 en los páramos de la Inglaterra rural. Ahí está la hacienda de Sir John Talbot (Anthony Hopkins), cuyo hijo, Ben ha desaparecido. El otro hijo, Lawrence (Benicio Del Toro), en esta versión, actor de teatro en América –libertad creativa que justifica el acento yanki indisimulable de Del Toro-, responde a una carta de la prometida de su hermano, Gwen Conliffe (Emily Blunt), de volver a casa y buscar al hombre desaparecido. Para cuando Lawrence Talbot llega a la mansión de su padre, ya se ha encontrado el cuerpo destrozado de su hermano y se está preparando el funeral. Lawrence, decidido a encontrar al lunático responsable del asesinato, comienza una cacería que lo lleva a un campamento de gitanos. Mientras permanece allí, es atacado por un hombre lobo. La mujer gitana Maleva (Geraldine Chaplin) cura sus heridas, pero ya reconociendo en él la marca del hombre lobo. En la próxima luna llena se desatará la maldición.
En su papel de Talbot, Del Toro rinde homenaje a Chaney, casi hasta el punto de la burda imitación. Por desgracia, la interpretación que resulta es extremadamente anquilosada, taciturna, y carente de sentimiento alguno. Como Talbot-Chaney, la interpretación de Del Toro habría de ser la de un hombre torturado y lleno de odio hacia sí mismo. Sin embargo, la conexión emocional no existe. Como ser humano, el personaje no genera empatía; su actuación, plana y esquemática, no provoca en nosotros emoción alguna. De otra parte, de nada sirve el respetable elenco artístico con el que el director respalda a Del Toro para apoyarlo y darle la réplica; equivale, directamente, a un absoluto desperdicio de talento. Anthony Hopkins, en su segundo remake de terror clásico (fue Van Helsing en el Drácula de Francis Ford Coppola), aparece una y otra vez, en una artificiosa disyuntiva que se debate entre lo malévolo y lo paternal, pero el disperso Sir John Talbot es más una necesidad de la desvirtuada trama que el legítimo contrapunto del guión original de 1941, aquí ya burdamente mutilado, fundamento del enfrentamiento generacional que se forjaba en ella. Ingrato es también el papel de Emily Blunt como excusa para articular y amortizar el elemento amoroso de la narración, por el escaso margen de tiempo en escena que se le concede, a ella y al tema, y lo absurdo del guión. Con la excepción de una escena, que funciona como excusa para armar el amor que habría de gestarse, se la deja a su suerte, en la mayor parte del metraje, para justificar el amor “fatal” que debería haber surgido con el poco atractivo protagonista –que uno acaba explicándose por fortuíta generación espontánea-. El personaje de Hugo Weaving (Abberline), como el inspector de Scotland Yard asignado para investigar los asesinatos, es anecdótico y poco creíble; contra pronóstico, funciona “forzado” con aires de recreación paródica de la flema inglesa que amortiza el decorado tabernario, como un anuncio de marcas de cerveza.
¿Lo único recuperable? La interpretación del perro, que borda su papel (convencen sus estupendos gruñidos).

De esta suerte, la película no logra establecer ningún tipo de juego psicológico con el espectador en términos de identificación y proyección, ya que éste no consigue implicarse emocionalmente con la historia, ni especular lo que ello le acarrearía si llegara a ocurrirle a uno, algo parecido, en el mundo real.
La productora había manejado diferentes directores para El Hombre Lobo, antes de que Joe Johnston fuera elegido “para la gloria”. Su experiencia con ‘Jumanji’ y ‘Parque Jurásico III’ convenció a los productores de que podía manejar un filme con un gran número de secuencias con efectos especiales y un presupuesto considerable. En el mejor de los casos, podríamos definir el resultado, siendo amables, como de ambiguo. Hace 20 o 30 años, el trabajo de efectos especiales en la caracterización del hombre lobo, o en su transformación física, podría haber sido considerado como revolucionario; hoy en día, parece, a todas luces, un producto con fecha caducada. La violencia es sangrienta al gusto del espectador tipo, con un interesante toque “gore” adaptado a los tiempos que corren, pero no hacen la película mejor, simplemente le otorga diferente calificación de público. Los intentos de volver a crear una atmósfera inquietante, propia del original, son mediocres, perdiéndose en la transición del blanco y negro al color.
En una película de terror, la mezcla de elementos fantásticos y naturales: lo físico y lo metafísico, entran en un juego discursivo a lo largo de la trama. Constantemente lo real es turbado por lo irreal, el orden se destruye, el caos se impone y la normalidad es permanentemente interrumpida. Ésta es una cinta que sucumbe, únicamente, al homenaje a la acción, sin tomarse el tiempo necesario para sugerir la invitación al miedo o al drama propio, muy humano, de la lucha de la razón sobre el instinto –del animal, el monstruo, que habita en nosotros-. Tampoco permite ningún tipo de identificación con algún personaje u otro elemento al que agarrarse, al no haber estímulos emocionales insólitos e intensos, padecidos, y transmitidos, por los protagonistas de la historia. Todo es previsible y, en su vertiginoso tramo final, estalla como una traca valenciana.

La vacilación emotiva del espectador brilla por su ausencia: pues no hay dudas ni miedo que transmitir. Johnston no sabe construir el clímax del enigma, lo necesariamente extraño que debería ocurrir conforme avanza la historia. Todo, de nuevo, se ve venir (incluído el final), de forma precipitada y al vaivén de la anarquía del guión, y la ausencia de factor sorpresa, desencadenante del miedo –principio obligado- que habría de asaltar de súbito al espectador, arrasa con cualquier sensación asociada al desconcierto. No importa si es desconocido o palpable, si se conoce el mito del licántropo o no: no hay tal cosa, no hay sorpresa, ni nada que se le parezca, en el filme.
Y todo nos lleva, irremediablemente, al hilo narrativo, la concepción de un disparatado guión, plagado de errores, despropósitos y vacíos argumentales, que alimenta la confusión y depara la más absoluta desolación; no la del páramo, ni el de la mansión victoriana, magistralmente recreados, sino la del incrédulo espectador que asiste a un filme de terror, a un drama de monstruos, que se convirtió, sin comerlo ni beberlo, en una terrible parodia de peludas carreras y persecuciones a lo Benny Hill. La tristeza de la reflexión sobre el precio de la entrada es lo único terrorífico, e inevitable, que se cierne sobre el público que ve desfilar los créditos finales, al acabar la película.

Mientras tanto, suena de fondo, cual himno funerario estridente, la música ambiental de Dany Elfman, reverberación decadente de un, éste sí, brillante Wojciech Kilar en el ‘Drácula’ de Coppola; la BSO en la que se inspira.
¿Y Las balas de plata? Para “suicidarse”, metafóricamente hablando, después de ver tan grandioso filme, y que no nos persiga su maldición.
Valoración final: 2 sobre 5 (4 sobre 10)
Pd: El “Gollum”, impresionante.













Comentarios
Salí de la sala con la sensación de que más de media pelicula era un timo, que me habían liado de mala manera, vaya!.
Tu análisis crítico y certero me deja bien claro el por qué.
Muy bueno lo del perro
Ostras!, markadin, pues menos mal que comentas lo de Talbot y la tienda de la prota..! yo pensé que, tras las escena del psiquiátrico, me había quedado tan atónita que perdí de vista unos minutos del film!!
La peli contiene un mensaje muy ofensivo si eres una persona del genero masculino, El comentario en off que cierra el film es de un sexismo demoledor y recalcitrante, imaginemos que cambiamos la palabra hombre por mujer; seria intolerable ¿verdad?.
La pelicula es un festival de topicos freudianos que explora el lado mas obscuro e infantil de los pretendidos traumas edipianos. (edipo dixit)
Mucho humo, algo de gotico y mucho bosque cuyas ramos no impiden ver los topicos efectismos con los que juega casi siempre este genero.
De los actores….....bueno, hay que pagar las hipotecas y ya se sabe que de algo hay que comer…......en fin, visto el alarde interpretativo de estos “monstruos” del celuloide, no me queda mas remedio que añorar con nostalgia a nuestro querido lobo jacinto molina, que con cuatro duros y dos colmillos de carnaval transmitia mil veces mas.
Vista la aridez de la cartelera; estoy seguro de que arrasara en taquilla, pero ojo al visualizarla amiguetes, daña las neuronas, ademas de hacer apologia de la violencia de genero….....cinematografico ; pues dan ganas de ensañarse con quienes producen, escriben, dirigen y realizan estos bodrios
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