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Crítica. Sherlock Holmes de Guy Ritchie. Tras la pista del Detective

Viernes, 22 de Enero de 2010 19:53 Miquel Costa
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De “Stablishment”, Policías y Confidentes


Navega en aguas agitadas la nueva película del iconoclasta realizador Guy Ritchie. La bronca que ha levantado su revisión de Sherlock Holmes me aturde, pero también me interesa, como el chaval que era, leyendo con avidez hasta altas horas de la noche los procesos deductivos del inquilino del londinense 221B de Baker Street, evaluando la escena de un crimen. Los fetichistas de iconos “cinematográficos” reniegan del filme con verdadero fervor de creyente, entre pullas y chanzas, chasquidos de lengua y añoranzas del abrigo a cuadros; los puristas del Canon reclaman pulcritud y vierten acusaciones de detalles traicionados, de la altura física de Holmes y de la diferencia de edad con respecto a su inseparable compañero Watson, aquí demasiado viril y apolíneo, demasiado “amigos”, entre otras cosas; ah,…como no olvidar, también, a los sesudos estudiosos de la obra de Arthur Conan Doyle, que quemaron las pestañas en cada uno de los párrafos del Canon, en cada una de las líneas de estas cuatro novelas y 56 relatos que componen la biblia de Sherlock Holmes, el famoso Canon Holmesiano, para diseñar un perfil inamovible del hombre y el detective, ahora supuestamente amenazado por Ritchie, descubriendo el pastel.

Entre tanto, el grueso ejército de precríticos, críticos mercenarios y analistas “postmodernos” no pierde ocasión de arrimarse al coro del inaugurado vodevil, en pos de uno u otro argumento, de las diferentes facciones. Así se lanzan bulos, opiniones adjetivas y maldiciones sustantivas, que a veces, tengo la impresión, poco o nada nuevo tienen que decir, y mucho menos que ver -cuando de ver se trata- con una película.

 

Un atractivo cuadro para un personaje de ficción, ideado con ingenio pero a instancias del entretenimiento de la época, puro y duro. Los originales canónicos, creados en 1887 por Sir Arthur Conan Doyle y publicados mayoritariamente en Strand Magazine eran, precisamente, eso: literatura popular y comercial, dirigidos al mismo público que esperaba impaciente las noticias de gacetas sensacionalistas tipo “El Caso”, trufadas de los asesinatos truculentos de la época. Algo cuajó en el imaginario colectivo que impulsó las historias de Holmes al infinito y las elevo, luego, a instancias más “chic”. Su carácter de obra fragmentada y abierta, pues Holmes nunca murió en la ficción (aunque bien lo hubiera querido su autor, que al final lo detestaba), alimentó la perpetuación, con los años, de sus andanzas literarias, de la mano de diversos autores que le rindieron homenaje: Desde la primera ficción de J.M. Barrie (1893), amigo de Conan Doyle, a Mark Twain, Michael Chabon, Stephen King o Neil Gailman, por citar algunos. Otro tanto ocurre en el caso del cine, que desde su cita inicial en 1916 es un no parar: Se estima en más de 220 adaptaciones directas de los casos de Holmes. Basil Rathbone marcó la imagen colectiva, la ya conocida, del personaje, aunque también lo encarnaron Peter Cushing, Christopher Plummer o Rupert Everett, y un numeroso grupo de intérpretes que lo encerraron en su abrigo, gorra de cazador y pipa de calabaza, sentenciando “elementales”; y, en la televisión, recordar al purista y entregado Jeremy Brett, la recreación más veraz y contenida del Canon y el personaje, sucumbiendo al mito. Escritores reconocidos, colman la guinda de este coitus jamas interruptus, rindiendo su admiración por Holmes: Desde T.S. Elliot a Umberto Eco, pasando por Borges, no es tanto la calidad literaria lo que prevalece en la lectura de Sherlock Holmes sino su proximidad, la inusitada empatía literaria generada y el sentido de lo maravilloso que encarna este genial detective tan políticamente incorrecto, libre como un pájaro en su particular discernimiento, que resolvía los casos allá donde la Institución, de la que se burlaba abiertamente, fracasaba.

Olvidan además los “confidentes”, más allá de su increible capacidad de deducción, la faceta holmesiana opuesta al detective de sillón, es decir, el hombre de acción...

 


La Escena del Crimen


Arriesgada y perturbadora visión de Sherlock Holmes
es la del realizador Guy Ritchie, invocando las constantes de su filmografía (“Lock, Stock and Two Smoking Barrels; Snatch, cerdos y diamantes), aunque aquí prescindiendo de su particular toque coral, conjugadas con la admiración que siente por el personaje de A. Conan Doyle;  cariño y mimo que, no está de más destacar, se percibe en cada átomo de la cuidada  realización que circulará, fotograma a fotograma, ante los atónitos ojos de los espectadores. El ritmo de la narración, enérgico y trepidante, pero pulido y comprensible, bien estructurado, enfatiza la acción y descubre la ironía de un Holmes desconocido por gran parte del público, contaminado por la iconografía más solemne y maquillada en adaptaciones anteriores. Sin embargo, extremadamente fiel al canon literario, acaso pueda provocar rechazo o incomprensión, entre los más reacios ayatollahs, pero también entusiasmo espontáneo e inmediata adhesión ante los que, conozcan o no el mito de Holmes, disfruten las maravillas del misterio y la aventura de su argumento, y, a la postre, la desnudez del “otro” personaje literario con todas sus virtudes y miserias.

He aquí un Holmes singular (Robert Downey Jr.) fiel al Canon. Erudito en noticias criminales y prensa amarilla, en tipos de tabaco, tierra y cenizas, erudito en venenos y grafología, gran conocedor de los misterios de la anatomía y la química aplicada (que practica en el improvisado laboratorio de su desordenado pero atractivo “hogar”, que comparte con Watson). Por contra, ignorante en literatura o filosofías, u otras “ías” poco útiles en sus pragmáticos menesteres; en sus momentos de ocio, explora las sutilezas del arte, dibujando a balazos un patriótico V.R. (por Victoria Regina) en la pared de su estudio; aunque de bagaje cultural limitado, no sólo es devoto de Poe y Sarasate sino que es propietario de un Straudivarius, violín que toca con virtuosismo. Cultiva el “corpore sano” callejeando por la ciudad y los bajos fondos -por aquello de “el movimiento se conoce andando”-, y se reconoce experto en la esgrima (de estaca y espada) y boxeador consumado, participando en los círculos de lucha del viejo Londres, donde es un habitual.

El Sherlock Holmes de Guy Ritchie no es una adaptación literal de alguna de las novelas de Conan Doyle o de sus cuentos,. El libreto final, firmado por Michael Robert Johnson, Anthony Peckham y Simon Kinberg y supervisado por Ritchie, es una historia original que logra incorporar con esmero muchos detalles del mito literario de Doyle, como rara vez se han visto en producciones anteriores. Aunque en algunos aspectos traiciona “el mito”, se nota que el productor y guionista Lionel Wigram ha hecho los deberes.


Algo de héroe, o antihéroe, respira el filme, con credibilidad y cercana intimidad literaria, explotando lo que ya existía y otros House & compañía rentabilizaron después. Ya que ¿qué fue antes, el huevo o Holmes? Genial excéntrico en un mundo de mediocres, que borda Robert Downey Jr. (“Chaplin”; “Iron Man”), con todos sus inconfesados claroscuros, rescatando el personaje de la narcotizada popularidad (su universalidad está fuera de cuestión). Una interpretación del Holmes arquetípico, sagaz y racional, pero también dotado de un carácter irónico y despreocupado, algo desaliñado en modales y vestuario, también abúlico y complejo en la intimidad, del que pocas noticias se habían vertido en la pantalla. Reto estimulante para un Robert Downey Jr. (Sherlock Holmes) impresionante que incluso se atreve con el impecable acento británico (en Versión Original) desempolvando su recreación en “Chaplin”, que le valiera en su día la nominación al oscar. El rol de su fiel compañero recae en Jude Law (“Cold Mountains”; “Closer”), recreando un nada estereotipado Watson, desaparecido el torpe y bienintencionado comparsa del cliché cinematográfico de Nigel Bruce; se pone el acento en su oficio de antiguo cirujano militar, de “don” algo mujeriego y con perjudiciales inclinaciones por el juego, aunque, por lo demás, equilibrado prototipo de caballero inglés. Nueva pareja revelación del cine, que las productoras se encargarán de rentabilizar. No es para menos. Individualmente, actores con carisma, pero juntos –no revueltos- brota una rara y jugosa química que explota, con destellos de excelencia, la camaradería simbiótica del par holmesiano. Bien poco serían sin el “alter ego” que da la réplica (¡tan diferentes son!), complices de una amistad que traspasa la literatura y que sin duda envidió nuestro estimado Borges, fan confeso de los relatos de Holmes, deseándola para sí. El filme añade una patina de fino humor, irónico, afilado y, a ratos, correoso, alejado del “slapstic” payaso tipo Piratas del Caribe, que junto con la energía que destila el argumento, generosa en escenas de acción, darán al golpe de gracia al noqueado público, arrebujado en un patio de butacas dispuesto a pasárselo pipa o a levantarse indignado. Guy Ritchie da en el clavo, y con un equilibrado presupuesto de 80 millones de dolares nos brinda calidad a raudales, de muchos kilates. El reparto lo completan el ahora sombrío y convincente Mark Strong (“Red de mentiras”) como el villano antagonista Lord Blackwood, personaje original inspirado en el esotérico Aleister Crowley, Kelly Reilly (“Triage”) encarnando, fugazmente, a Mary Morstan, la prometida de Watson, Eddie Marsan (“Gangs de Nueva York”; “Hancock”) como el inspector Lestrade y Rachel McAdams (“Diario de Noah”) interpretando a Irene Adler, una astuta y atractiva mujer alfa, que es la única que ha vencido a Holmes en ingenio y discernimiento; base de dosificadas insinuaciones, bien servidas durante el filme, de la prometida secuela

El filme también recrea cuidadosamente la atmósfera y matices del atractivo Londres victoriano de finales de siglo XIX, gracias a Ritchie y su tripulación. Uno puede dar su bendición al trabajo conjunto de la fotografía de Philippe Rousselot, y el equipo de efectos visuales supervisados por Jonathan Fawkner. Un estupendo retrato del “smog” decimonónico, su suciedad, sudores y rutina diaria de la vida en las calles, la paleta gótica de una ciudad suburbana que aspira a ser cosmopolita con el cambio de siglo, en tiempos de la edificación del puente de Londres como trasfondo. Los ecos estéticos, matizados, a “From Hell” y “Gangs de Nueva York” se entreven y disfrutan.

 


Escenas impagables de todo tipo, justifican, de por sí, el no perderse la película: Desde elaboradas secuencias de acción que culminan en los memorables planos de la lucha cuerpo a cuerpo en el puerto de Londres, o la del clímax final en Tower Bridge; las que plasman monólogos interiores, con “moviolas” del razonamiento deductivo de Holmes, antes de pasar a la acción; o las pinceladas cómplices del entendimiento, con sus roces y desacuerdos, entre Watson y Holmes (perro incluído), que obligan a una franca sonrisa pidiendo más, y más…, como aquella del restaurante.

Capítulo aparte merece la banda sonora (BSO) del filme, a cargo de Hans Zimmer. Original, “rechinante” y sorprendente son calificativos que asaltan espontáneamente al escucharla, pero para mí, más que nada, viste como un traje a medida a este metraje tan distante del estereotipo. Música enérgica, eficaz y pegadiza la de Zimmer, que acompaña el tono narrativo poliédrico y deslumbrante que impone Guy Ritchie, elevándolo, en esta compleja producción. Mantiene –a pesar de los pesares- el punto melódico de misterio que se obliga, pero también acierta en los acentos de la acción y el frenesí; o en entonar el perfil excéntrico y carácter complejo de Holmes. Como el filme, BSO indómita y sui generis, que levantará pasiones y posiciones extremas, de a favor o en contra, sin medianías maquilladas. En todo caso, coincide con el alma y criterio de la película misma, como hermanas siamesas indisociables. Particularmente, me encantó.

Cinta honesta en lo que ofrece, entretenida y trepidante como pocas; inteligente y emocionante, y “rara avis” en el género de aventuras pues lo combina todo en su justa medida (a lo Guy Ritchie, claro está). Calidad popular y magnetismo de primera, como este Holmes desprovisto de flema inglesa, que nos visita en pantalla, ahora..y siempre, más cercano que nunca.


Al fin y al cabo, como dijo Raymond Chandler, sólo es “la aventura de un hombre en busca de una verdad oculta, que no sería aventura si el hombre en cuestión no fuera, en esencia, un hombre de aventura”.

Excelente aventura y buen cine, afirmo. ¿Comercial y popular?,…¿Acaso lo dudábais?!


Valoración: 4 sobre 5 (7/10), donde un notable es raro de encontrar.

 

 

 

Comentarios  

 
+2 #1 Eva 22-01-2010 21:13
Hay que ver como me divertí...!.
Sí, sobresaliente el trabajo de R. Downey Jr. y encantador el Watson que nos regala J.Law (por fin encantador).

Totalmete de acuerdo con la descripción que nos ofreces de la pareja cinematográfica que forman; totalmente de acuerdo, también, con esa valoración tan correctamente argumentada del film.

Un saludo
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