Crítica- Mi Vecino Totoro. La mirada de la infancia

Mi vecino Totoro es la película de animación más personal del realizador japonés "Hayao Miyazaki san. La más apreciada por los niños y, para muchos adultos que admiran su filmografía, su obra más emblemática. “Dibuja” a la perfección, y en su estado más puro, la mirada infantil; esa etapa en que confluyen realidad y fantasía, en la asimilación de la experiencia, cuando el niño se encara con la complejidad del mundo. Entonces, imagina seres sobrenaturales cuyas proezas y poderes lo seducen y lo sugestionan.
Todo niño transita por este camino, inseguro, hacia la desconocida madurez de la mano, a veces, de ese otro “amigo invisible”. Así aprende a expresar sus miedos, sus alegrías, sus inquietudes, y sus más profundos deseos. Ahí reina el voluminoso Totoro, con su aspecto misterioso de oso grandullón, mezcla de mapache, bigotes gatunos y porte de buho sabio pero ajeno al mundanal “ruido” de lo humano. En cierto modo, un niño grande y mudo –no habla- que mira al mundo a través de las niños, personas de corazón puro, los únicos que pueden llegar a verlo. El más enigmático y simbólico de todos los seres fantásticos de la filmografía de Hayao Miyazaki; una criatura nacida completamente de la mente de su creador, invitándonos a conectar con las huellas de nuestro acervo infantil.
Realizada hace 20 años, en 1988, Mi vecino Totoro tiene el mérito de no haber perdido vigencia; ni vigor. La que fue la tercera película de Miyazaki y la segunda auspiciada bajo el sello de los estudios Ghibli marcó un antes y un después en el cine de animación. Señaló las claves temáticas de las películas posteriores de su director –la familia y el apego a las tradiciones, el reconocimiento de la experiencia de los mayores, el respeto a la naturaleza, la memoria de los mitos subyacente en toda realidad, el valor de un mundo femenino rico y trascendente, etc.-, además de una forma particular de hacerlas; salvó la aventura empresarial de Ghibli, justo al principio, cuando atravesaba graves problemas económicos; plantó cara, con éxito, a los “popes” del entonces anime japonés y a los planteamientos dominantes, con claros signos de desgaste, del cine de animación norteamericano de Disney. Revolucionó lo más básico e importante del género: la concepción e intencionalidad de un director de películas de “dibujos” más allá del mero entretenimiento, que eleva el género a las cotas más altas y a la máxima consideración: cine de autor, personal y de calidad; películas de ideas, con postgusto agradable, maduro y prolongado, donde el flechazo del espectador con los personajes es inmediato…Películas para perdurar, en definitiva, en la historia del cine, con Mayúsculas.

Su argumento no podría ser más simple: La vida cotidiana de una familia –un padres y sus dos hijas, Satsuki y Mei- que acaban de mudarse al campo, mientras su madre está ingresada en un hospital, aquejada de una grave enfermedad. Su estructura narrativa, dividida en tres partes diferenciadas que apoyan visualmente a la comprensión de la historia, también es sencilla y fácilmente identificable. La primera parte del filme arranca con la instalación en la nueva casa y prosigue con el descubrimiento del entorno (la casa, naturaleza, vecinos). Luego, en la siguiente etapa de la película, vendrá el descubrimiento de los Totoros –espíritus del bosque-. La última parte aborda el extravío de la hermana menor, Mei, de 4 años.
Planea de fondo, en todo momento, la enfermedad de la madre y las necesidades e inquietudes que provoca en las niñas su ausencia; se alza ahí, tambien, Totoro, el espíritu del bosque: el “oxímoron” con el que las niñas asimilan la realidad más dura y difícil a través de su ¿fantasía?. Una suerte de alquimia donde los dos elementos de la historia, fantasía y realidad, fluyen paralelos en armonía, entrelazando, en ocasiones, su diferente naturaleza en alas de la coherencia infantil.
Totoro es, sobretodo, magia narrativa y sensorial; un balbuceo de la realidad en boca de Mei, la hermana pequeña, que erra al pronunciarlo: “Tororo”. En su visión infantil nos descubre un mundo que todos hemos experimentado de una u otra manera en los primeros pasos de nuestra vida: La infancia. Comparada con los anteriores trabajos de Miyazaki (“Nausicaa” y “Laputa”), se destacan los contrastes de ambientación y temática. Apuesta arriesgada, la de una película al mismo tiempo infantil, detallista y contemplativa, sin la trama de “acción” de las anteriores y sin la riqueza exuberante, argumental y de realización, de su posterior filmografía (“Chihiro”, “El castillo ambulante”, por mencionar algunas). No será el mejor filme de Miyazaki pero sí el que concentra ese toque especial del autor, con todos sus elementos esenciales. Una película muy simple y humilde pero grande en su pequeñez. La redondez de "Totoro" es la propia de las obras materialmente pequeñas y elementales. No abruma, no entusiasma; uno queda enganchado, lenta pero inexorablemente, sin apercibirse de ello.

Una película donde se oyen los silencios (las escenas están llenas de ellos), anatema de toda producción cinematográfica y difíciles de manejar para la mayoría de realizadores, y que en manos de Miyazaki son realces imponderables de la historia; un cuento cinematográfico no exento de agilidad narrativa al servicio de la intensidad y el tono de gozo que rebosa en todo el filme: la instantánea de la felicidad propia de la infancia y la inocencia que la explica.
Adentrándonos en la película sorprende la concepción de los personajes infantiles. Mei y Satsuki son dos hermanas tan de verdad que traspasan la barrera de la animación. Juegan, gritan, se inquietan, fantasean hasta el cansancio, tienen miedo, en definitiva, descubren el mundo que les rodea sin falsedad ni distorsión; y Totoro representa el medio para afrontar la realidad, adaptarse y crecer. Los adultos, tanto su padre como la anciana vecina, no contrarían el misterio de Totoro, más bien lo contrario. Sustentan la idea argumental. Hay creencia en ellos. No pudieron estar mejor perfilados: La abuela, con el bagaje de su experiencia, atesorando el conocimiento imprescindible de la tradición oral; el padre, profesor de antropología y, por ello, comprensivo con el valor del mito en el acervo cultural. Siempre presentes, siempre en familia.
En lo formal, película humilde pero que cuida el detalle con esmero. Miyazaki propone un argumento simple pero inmenso en su pretensión, con personajes sencillos aunque claramente dibujados, donde las escenas son partes que componen un todo y no a la inversa. Sacrifica lo verbal para encumbrar la gestualidad de los personajes –un clásico del anime- y la vitalidad que rezuman los paisajes de sus fondos. La naturaleza, siempre presente, reacciona con su propia voz para evocar las sensaciones del momento; sensualidad propia de la obra de Miyazaki, palpable, casi física, como el viento o la lluvia de este “anime”.

Pero aunque la concepción del filme está orquestada por el increíble Miyazaki –es director, guionista y dibujante, al mismo tiempo- no podemos dejar pasar la magnífica labor de los colaboradores de lujo que lo acompañan en toda su filmografía.
Los fondos, delicados y serenos, enaltecen el silencio de las emociones de los personajes; no sólo los paisajes, sino los interiores, parecen ideados con un cuidado y una especie de reverencia, como la de un pintor que recrea una naturaleza muerta. Las creaciones de Kazuo Oga, artista de fondos en los inicios y Background Art Director en las películas de ghibli, poseen un detalle que muchas producciones querrían para ellas; y no solo porque es una proeza crear estos magníficos fondos, sino porque, estan hechos a mano –marca de la casa Ghibli, en la que toda producción sigue el patrón de la manualidad- donde la precisión es mucho más importante que en un formato digital.
Imágenes y fondos escoltados de una música excepcional, arte y parte de Joe Hisaishi, que nos trasladan al particular mundo imaginario del filme, sin embargo tan real como la vida, tanteando el alma de un niño con sus notas y descubriendo el niño que fue en todo adulto. Una banda sonora simple, delicada y entrañable. Sumamente trabajada en torno a motivos orientales, y alegre sin abandonar ese toque de suave melancolía que también traslucen fondos y paisajes. Destacan los temas de los créditos, al principio y el final de Totoro –dos clásicos-, con variaciones que se ejecutan a lo largo de la película, además de acompañamientos complementarios de hermosa elaboración.
En suma, una película de animación imprescindible, ausente de moralinas y de ñoñez, que se sumerge con valentía en lo cotidiano de la vida y la maravilla de la niñez. Una historia uniforme, sólida y llena de significado que nos recuerda que nunca hubo un final feliz sino, más bien, un principio de esperanza y felicidad tal y como fue…la infancia.
Lo mejor: la simplicidad de su factura y el tono jubiloso del filme. Nos recuerda que la artesanía, en manos de un auténtico maestro, es una valiosa obra de arte. Un terrero, en el cine de animación, donde reina el triunvirato Miyazaki-Oga-Hisaishi. Indispensable. Totoro y el gatobús, una delicia.
Lo peor: el poco acierto de un estreno -exhibido en versión original, con subtítulos- que olvida al público potencial que prioriza Miyazaki en esta película: los pequeños de la casa (de obligado doblaje).
Asociaciones razonables: la filmografía de Spielberg, en sus propuestas de lo maravilloso.
Valoración: en su género, 5 sobre 5, sin temblarme el pulso.













Comentarios
Estoy completamente de acuerdo en todo lo que dices en ella:Miyazaki es Dios en la animación,Totot o su obra más auténtica y aquí,tu eres su profeta.
Adieu..
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